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12 de marzo de 2025 Por Eduardo Silva Ortega

Hay platos que se reconocen por el aroma antes de llegar a la mesa. La chakchouka de Constantina es uno de ellos: el olor del pimiento asado mezclándose con el tomate y el comino llena la cocina temprano, cuando el día todavía no pide prisa. En mi familia se sirve los domingos, con pan de sémola recién salido del horno y té de menta muy dulce para cortar el picante.

La versión que aprendí de mi abuela no lleva harissa. El picante viene de un pimiento fresco y de una cucharada generosa de pimentón ahumado, que se cocina lentamente con el ajo hasta que suelta todo su color. La salsa debe quedar densa, casi untable, porque los huevos se escalfan directamente en ella y necesitan un lecho firme para que las claras cuajen sin desparramarse.

El truco está en el orden. Primero el pimiento en tiras, con un poco de sal para que suelte el agua. Después el tomate rallado, no en cubos, y el comino recién molido. Se deja reducir a fuego bajo durante veinte minutos, removiendo de vez en cuando, hasta que el aceite sube a la superficie y la salsa tiene brillo. Recién entonces se hacen los huecos con una cuchara y se cascan los huevos dentro.

La diferencia con la chakchouka tunecina es clara: allá usan harissa y la salsa es más líquida, casi una sopa. La marroquí, en cambio, incorpora aceitunas y a veces aceite de argán. La de Constantina se reconoce por su densidad y por el equilibrio entre el dulzor del tomate maduro y el toque ahumado del pimentón. No lleva cebolla, algo que sorprende a muchos, pero que permite que el pimiento sea el protagonista.

Para que las yemas queden cremosas, tapo la sartén durante los últimos tres minutos de cocción. El vapor blanquea la superficie de las claras sin llegar a endurecer el centro. Si se prefiere la yema más cuajada, se deja dos minutos más, pero nunca se revuelve la salsa después de añadir los huevos: se rompe la textura y el plato pierde su carácter.

En los mercados latinoamericanos, el pimiento rojo grande funciona bien, aunque el ideal es el pimiento de padrón o un morrón rojo bien maduro. El comino se consigue en cualquier tienda de especias, y el pimentón ahumado puede reemplazarse por ají de color si no se encuentra. Lo importante es no saltarse el tiempo de reducción: una salsa apurada nunca logra la misma profundidad.

La chakchouka se come directamente de la sartén, con pan para mojar y sin cubiertos si la mesa lo permite. Es un plato que no pide ceremonia, solo hambre y buena compañía. Y aunque cada familia tiene su versión, todas coinciden en lo mismo: el desayuno que se cocina lento se disfruta mejor.

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